Willian Pacho usa el número 51 en su camiseta, por la edad a la que su madre falleció, habló sobre ella y todo lo que ha vivido en este trayecto futbolistica.
A través de una carta muy sentida en The Players Tribune, Pacho relató la relación muy especial con su madre y el apoyo que le dio desde niño. Recordó que su madre le enseñó a bailar bachata y luego de un año pudo perfeccionarlo: “Creo que así fue como aprendía a usar mis pies”.
“No tenía idea de lo que era un futbolista. Yo solo jugaba. En ese entonces, en Ecuador no podías soñar con que alguien te diera dinero por eso. Mi sueño era ser marino. Pero un día alguien quiso llevarme al club de mi barrio y mi madre dijo: ‘¿Fútbol? Eso es solo un pasatiempo. ¿Cómo puedes darle de comer a tu familia con el fútbol?’”, contó.
A los 15 años llegó su oportunidad, cuando Independiente del Valle lo fichó. Al inicio le costó mucho estar solo y afrontar lo desconocido, pero tuvo en Moisés Caicedo a su amigo desde el inicio. Crecieron a la par y dejaron el complejo del club para rentar un departamento, en el que se dividían las tareas del hogar.
“Pensar que esos dos panas fregando platos un día iban a estar jugando en la Champions League… No, imposible”, dijo.
Pacho recordó con alegría cuando Moi empezó a ser tomado en cuenta en el primer equipo y a generar más dinero, por lo que se pudo comprar un auto. El defensor dejó de sentirse solo y sentía que estaba cerca del primer equipo también.
Su mundo cambió. Mientras eso ocurría, su madre se trataba por cáncer, pero trató siempre de no preocupar al jugador. La visitó y se dio cuenta de la gravedad de la enfermedad, pero ella continuó con su intención de tranquilizar a su hijo.
Pacho regresó al club, pero mantuvo un presentimiento. Su debut profesional llegó y cuando se despertó ese día recibió mensajes de condolencias por su madre, pero desde su familia se lo ocultaron: le dijeron que una ambulancia la fue a ver y que esté tranquilo.
Jugó, lo hizo bien y al final del partido el entrenador, el psicólogo, su papá y su cuñado le contaron que esa madrugada su mamá había fallecido.
Con el mismo uniforme sucio y sudado emprendió viaje a Esmeraldas, a unas 5 horas de Quito. Pararon muchas veces por pedido de Pacho, porque sentía que debía ir al baño a cada momento. En esas paradas, cerca del abismo y con una oscuridad total, a Pacho se le pasaron pensamientos negativos. Su papá y su cuñado se dieron cuenta de la situación y después en cada parada estuvieron junto a él.
Ya en su casa, estuvo en el cuarto de su mamá por una semana. No quería salir y cuando recién lo hizo, “era un hombre diferente”. “Las únicas terapias que funcionaron para mí fueron el tiempo y el fútbol”.
“Después de su muerte perdí todo tipo de miedo en la cancha. Antes, era un jugador más gentil, no me gustaba el contacto. No me gustaba pegarle a nadie, no tenía ese instinto de querer comerme el mundo. Cuando murió, yo lo único que tenía era rabia, impotencia, dolor”, relató el ecuatoriano.
Aquello se vio reflejado en la cancha: “El primer partido, primera jugada, pum, amarilla. A los cinco minutos, otra, roja. Me fui a mi casa, no quería jugar más. Era la primera vez que me expulsaban”.
La transformación y las oportunidades. Aquello le sirvió para impulsar aún más su carrera y en esos dos años en el club llevó su juego a otro nivel. “En vez de jugar con mis miedos, jugué con mi hambre, mi coraje. Me comí el mundo”.
Justo apareció la oportunidad de fichar por Borussia Monchengladbach y Pacho estaba decidido. Quiso comprar un carro como Moi y también la casa, la que no le pudo dar a su madre, pero sí a sus hermanos y familia.
Todo era felicidad, pero el fichaje se truncó. El club tenía problemas económicos para llevar a cabo la operación y también problemas para liberar cupos para un jugador extranjero. Volvió a Independiente, después de que le hicieron una despedida y ya tenían un reemplazo.
Su entrenador, Miguel Ángel Ramírez, fue clave para sostenerlo y le dijo: “No te preocupes, tu puesto está acá”. En su segundo partido, tras su vuelta, se dislocó los dos hombros, por lo que tuvo que pasar por el quirófano; lo ideal era que se opere uno por uno, pero Pacho insistió en que ambos.
“Volví a ser como un recién nacido”, dijo. No podía usar sus brazos y su hermana fue su salvadora, para atenderlo en sus necesidades. Ahí, en su etapa final de recuperación, apareció Royal Antwerp de Bélgica, que significó su salto a Europa.
“Me fui a Bélgica aún con vendas, sin saber hablar inglés, ni francés. Tenía que entrenarme solo, nadie me hablaba y pensaba en volver. Pero me decía: ‘No puedes dejar que la depresión te gane. Hazlo por mamá. Ella no querría verte llorando’”, dijo como una forma de motivarse.
El impulso fue superior y logró el título del club, tras 66 años de sequía. Fue titular inamovible y dio otro salto, ahora sí a la Bundesliga, al Eintracht Frankfurt.
La historia fue casi igual y repitió con su buen rendimiento, lo que provocó el fichaje de PSG. “Luis Enrique tiene algo especial. Un aura, supongo. Para mí es la clave de todo lo que ha logrado PSG. Cuando llegué me dijo: ‘Ve a tu propio ritmo. No sientas que tienes que demostrar nada a nadie, solo porque te hemos fichado. Tienes que desarrollarte’”.
“No me podía imaginar que iba a jugar de titular tan rápido y nunca me hubiera esperado ganar dos Champions seguidas. Ser el primer ecuatoriano en ganar la Champions, eso sí es especial”, continuó.

